• EL VIAJE (2)

    (CONTINUACIÓN)

             Despierto a la hora y media y decido desentenderme de toda esa locura de mafias. Así que decido ir en busca del “asiático justiciero” y devolverle la cinta de la forma más sigilosa posible. No estaba dispuesto a fastidiar mis días de relajación por una historia que ni me iba ni me venía.

    Llego delante de la tienda de los asiáticos y estaba la policía. Un tumulto de personas delante, intento hacerme paso y veo que el asiático cabreado estaba tirado en el suelo encima de un charco de sangre, mi pregunta al policía era obvia, pero no sé porque salió de mi boca un “¿Qué ha pasado señor agente?” Sin responder a mi necia pregunta, me indicó que me retirara que estaba en el escenario de un crimen. Lentamente me fui apartando y desde la distancia observaba como una ambulancia se llevaba la camilla tapada con el asiático cabreado en ella.

    Cabizbajo y sin rumbo comienzo a andar por el paseo marítimo, la gente disfrutaba de la fabulosa tarde sentados en las terrazas tomando los rayos de sol. Y yo con los pensamientos turbados decido sentarme en una terraza mas apartada que tenía una música relajante. Eso es lo que necesitaba relajarme, le pido a la camarera un cacique con cola y mientras mi mano en el, bolsillo del pantalón agarraba con fuerza la dichosa cinta de video.

             Me sirve el cubata y tomando el primer trago comienzo a barajar la posibilidad de deshacerme de la cinta, esto estaba demasiado liado, como para que un administrativo de la capital metiera sus narices en asuntos turbios.

             Así que me cambio de mesa y me siento en una justo al lado de la barandilla que separa el paseo del mar. Solo tenía que lanzar a poco más de medio metro la cinta y esta caería en el mar. Ahora bien, empezaba a pensar en el “asiático justiciero” que pasaría si venía a recuperar la cinta, ¿sería él el que mató al “asiático cabreado”? Si no le doy la cinta, me matará a mi también…Mi cabeza era un auténtico lío, no sabía muy bien que hacer, menudo primer día de mi viaje de relax, si lo llego a saber me quedo en Madrid, así que mientras pensaba en que iba ha hacer, miraba como la camarera iba de mesa en mesa atendiendo la terraza, moviendo sus espectaculares curvas y luciendo su palmito, antes no había reparado en ella, poco a poco mi mente se estaba olvidando de todo el follón de los asiáticos, eso era bueno, así que decido pedirme otro cubata. El alcohol parecía que me hacía pensar con claridad. Lo tenía decidido tiraba la cinta al rubicón y cogía el primer avión que saliera para la capital. Mientras tanto veía el culo de la camarera de un lado a otro de la terraza, y porqué no decirlo, me gustaba, la verdad es que en otras circunstancias, y con unos días por delante ya se podía dar por follada.

    De repente mientras mis ojos no se despegaban de su culo, mi mirada sube a su espalda y en ella encuentra un tatuaje. Desde la distancia no podía ver con claridad de que se trataba, así que le dije que se acercara con las excusa de que me trajera la cuenta y mientras se alejaba lo pude ver con claridad. No había duda era el dragón alado. El mismo dibujo que había en la cinta de video. Otra vez todos mis planes al carajo. Que iba ha hacer. Parecía que cuando decidía desentenderme de toda esa mierda de los asiáticos pasaba algo que me hacía continuar en la historia.

             Sin pensármelo dos veces la sigo hasta la barra y le pido que me acompañe un segundo hasta la entrada de los servicios, ya que estaba un poco apartada y así poder hablar con ella sin levantar sospechas. Ella sin reparo ninguno me respondió que quien me creía que era, que lo que buscaba lo podría encontrar en la barra americana que había a doscientos metros más adelante, que me había confundido de sitio y de persona.

    Intenté explicarme pero no me dio tiempo, ella siguió atendiendo a las mesas de la terraza y cuando volvió a la barra me vio allí y me dijo que como no me fuera que iba a llamar a la policía. Le contesté que a la que no interesaba llamar a la policía era a ella ya que yo sabía porque había muerto el asiático de la tienda de fotografía.

    Mi farol había funcionado. Se paralizó y con un gesto me dijo que la siguiera. Nos fuimos fuera del local, y me preguntó que sabía. Yo intentando ocultar mi miedo le dije que un asiático había metido una cinta en el bolsillo de mi chaqueta este mediodía y que en la cinta había el mismo dibujo que tenía ella tatuado en la espalda. Después de escuchar atentamente mis temblorosos comentarios, me volvió a preguntar si sabía algo más. Solo dije que tenía la intención de devolver la cinta a quien yo creía que era su dueño y cuando llego a la tienda de fotografía me encuentro con el pastel montado.

    Sin dudar me pidió que le entregase la cinta y que me apartara lo máximo posible de esa zona, que no hablara con nadie y que si podía desapareciera de inmediato de la isla. Yo no accedí a la entrega de la cinta, diciéndole, que no la tenía encima, y quien era y si podía confiar en su palabra de que a mí no me iba a pasar nada. Con un gesto algo agresivo, que ahora que lo pienso me pone cachondo, me agarra del cuello de la camiseta y me dice que como no le entregue la puta cinta si que voy a empezar a preocuparme por mi seguridad. Sin arrugarme nada, le volví a repetir que no la tenía encima que si la quería tendría que ir a buscarla. Parece que se tranquilizó un poco y accedió a quedar cuando acabara el turno, ya que no quería levantar sospechas, para entregarle la cinta. No me parecía tan mala idea y accedía a quedar de esa forma, así que la emplacé a la terraza donde había comido esta mañana, ya que el señor mayor que me había atendido me daba tranquilidad. A ella no le gustaba la idea de quedar tan cerca y en público, pero yo no estaba dispuesto a arriesgarme lo más mínimo. En público y con testigos, por si acaso, cierto que delante de la tienda de fotos no era buena idea, pero tanta tensión no me dejaba pensar con facilidad. Así, emplazados para las diez de la noche, nos despedimos con un saludo frío y distante. Yo me dirigí entonces hacía la dirección contraria a la que debería tomar, mi cuerpo y mi mente ya estaban pensando en lo desvelar mi alojamiento, ya que en la dirección contraria estaba mi hotel y no quería desvelar mi cuartel general. Menuda forma más tonta de actuar, ahora que lo pienso, pero entre los nervios y el atractivo de la chica, estaba hecho un flan.

    Después de dar un largo rodeo llego al hall del hotel y allí estaba otra vez aquel hombre extraño que a mi llegada esta mañana intentaba ocultarse. Reconocí su cara, pero en esos momentos no me daba cuenta quien era, como de nuevo no podía evitar cruzarse en mi camino volvió a toser y a ocultar su cara con su mano. Empecé a pensar que a lo mejor tenía algo que ver con la cinta, pero lo descarté rápidamente, lo conocía pero no me daba cuenta de que.

    Sentado en la mesa de la terraza esperaba a que pasase el tiempo, aún me quedaban un par de horas hasta la cita, tenía que tener un plan, por si algo iba mal. Tenía la sensación que esta gente no se andaba con tonterías, así que tenía que pensar en una salida segura y rápida del local, y en una salida rápida y segura de la isla. Cojo la guía telefónica y me pongo manos a la obra, lo primero era ver a que hora había vuelo a la capital, y si tenían disponibilidad de plazas. En la centralita de Iberia me informan que vuelos directos a Madrid hasta mañana a primera hora de la mañana no había disponible ninguno, pero que tenía un Binter a las Palmas que salía a las 23:30 horas, de allí salía un vuelo a la Capital a las 01:00 horas con llegada a Madrid a las 04:30 horas. Rápidamente desecho esa opción ya que la cena era a las 22:00 y si todo iba bien, cosa que empezaba a creer que no, tendría que estar en el aeropuerto a las 23:00 como muy tarde, imposible, mi hotel estaba a 45 minutos en taxi del aeropuerto y os puedo decir que los taxistas no van mirando el paisaje vamos, o sea, que van lanzados. Un pequeño retraso y fracasaría mi plan de fuga de la isla. Entonces desde la terraza de mi habitación veo que llega un barco.

    Delante de mí llegaba otra opción de escapada rápida. Vuelvo a utilizar la guía telefónica y llamo a la única empresa que realizaba servicio marítimo con la isla. A la telefonista la dejé aturdida, pero no era su culpa, ya que mi primera pregunta fue a que hora salía el primer barco para Madrid, después de una risa un poco fingida me dice que no me puede prestar ese servicio. Después de aclarar el mal entendido, reservo un billete para el barco que sale a las 00:10 a Fuerteventura. Era otra isla pero en ese momento creía que era mejor estar enfrente que allí.

    Sin darme cuenta eran ya las 21:30 horas, así que decido darme una ducha rápida, hacer de nuevo mi maleta, y mal decir el día que se me ocurrió venir a relajarme. Estaba a punto de un colapso mental. Mis nervios estaban a flor de piel.

    Me suena el teléfono móvil y era un compañero de trabajo, casi me da un infarto cuando oí el timbre desde la ducha, ese momento de relajación truncado por el pelota de turno que solo quería saber si necesitaba algo y que se había enterado de lo de la prueba de paternidad, y que el tenía un familiar abogado que…No era mal chaval, pero un poco pesado, no tenía amigos y yo era el único que por educación no le mandaba a paseo, aunque todo llegaría, estaba convencido.

    21.50 horas. Salgo del hotel, entrego en las máquinas de recepción la llave de mi habitación y cancelo las dos noches que me quedaban, pierdo 650€ de la reserva, así que con menos dinero y con un cague encima de tres pares de narices, dejo en un casillero consigna mi maleta. Salgo del hotel y con más cague que antes desciendo el camino que lleva al mirador y este a su vez al paseo marítimo, la gente era ajena a mis temblores, era ajena a mi miedo, la gente no lo percibía, pero yo lo tenía, no eran imaginaciones mías, paso a paso me iba acercando al lugar de encuentro y a cada paso que daba un temblor sacudía mis piernas, subía hasta el estómago y ahí se aferraba más y más fuerte.

    Llego delante de la terraza donde esta mañana había comido y veo s nombre, “Restaurante Marino Pescados Frescos del Día Parrillada”. Esta mañana ni me había fijado en el nombre. Se llamaba Marino, como mi abuelo, mira que bien. Era una escapatoria que creaba mi mente para sentirme más seguro como en casa. En realidad mi abuelo se llamaba Mariano, pero con los nervios ni leía o recordaba con claridad. Observo que hay una mesa en una esquina, a las espalda solo estaría la pared, así que me siento en ella, así si pasa algo puedo escapar por el lateral derecho según vemos la terraza, y con la pared del ver como guardaespaldas.

    Tomo asiento y me viene a atender otro camarero distinto al de esta mañana. Le pido una cerveza fría pero sin alcohol, tenía que estar despierto y con reflejos para lo que pudiera pasar, a su vez le pregunto también por el señor que me había atendido esta mañana, me contestó que se encontraba indispuesto y que no vendría esa noche, educadamente le desee que se recuperase lo más pronto posible.

    Esperaba impaciente y con los ojos bien abiertos la llegada de la chica del tatuaje mientras estiraba la cerveza sin alcohol. No parecía que viniese por ningún lado. Así que para no perder la costumbre mi mente empezó, de nuevo, a pensar que le podría haber pasado. Lo más normal es que su compañera de trabajo llegase tarde porque no tenía con quien dejar a los niños, ¿si tenía niños?, la compañera digo. O que estaba vigilándome desde un sitio secreto y cuando yo me canse de esperar me asaltarán, ella y su novio asiático, me maniatarán y me llevarán a un descampado, o zona despoblada ya que campo no hay mucho, donde me torturarán por entrometido y luego me dejarán medio moribundo para que los lagartos del lugar y las aves carroñeras me devoren, así mi sufrimiento será mayor, y para ellos aún sería poco.

    Llevaba ya dos cervezas, la segunda con alcohol, si lo sé, dije que tenía que estar despierto y con los reflejos en guardia, pero empecé a somatizar todos los maltratos de la tortura y necesitaba algo con alcohol para mitigar tanto dolor, cuando de pronto aparece la chica del tatuaje, realmente despampanante. Seguro que era una artimaña para que me fijase en su escultural cuerpo, en sus bronceadas piernas, en su espectacular cadera, y así engatusarme y embaucarme y caer en sus redes de mujer y…

     

     

    -    Hola, puedo sentarme – dijo ella

     

    Yo aún estaba obnubilado con su cuerpo y no prestaba atención a que la tenía justo delante de mí

     

    -         O, si, perdona, estaba pensando en…siéntate por favor.

     

    Los nervios empezaron a poseerme, dentro de mi empezaba a notar de nuevo esa sensación en el estómago, las piernas no las podía tener quietas, y aparecía un leve temblor en la mano que hasta ese momento desconocía.

     

    -         Bueno, pues ya está, aquí me tienes, ¿me darás la cinta? – dijo ella mientras se sentaba y ajustaba la silla a la mesa.

    -         Si, si pero antes tengo que asegurarme de que vienes sola…

    -         ¿Con quien tenía que venir?

    -         Bueno, una chica como tú, seguro que tiene algún secuaz que la proteja

    -         Mira tío, me pareces un tipo raro, ya me lo pareciste esta tarde en la terraza…solo dame mi cinta, y yo me largo

    -         No tan rápido, que garantía me darás, necesito una garantía de que no me pasará nada

    -         ¿Qué te va a pasar? Como te pases un pelo si que se lo que te va a pasar, me sé defender muy bien de tipos como tu.

    -         Verás, es que la cinta está en un lugar seguro, y no te diré donde está hasta que yo esté en un lugar seguro, fuera del alcance de la mafia esa asiática en la que estás metida.

    -         Mira tío… me largo, sino me quieres dar la cinta, pues vale, toda para ti, te la regalo, ya ves…que mafia asiática ni que ocho cuartos.

    -          

    Mientras ella se levantaba llega el camarero

     

    -         Hola María, quieres que te ponga algo

    -         No Ramiro, ya me iba, por cierto, que haces tu en la terraza, eso no era cosa de Luis.

    -         Si, pero tubo un problema, confundió su chaqueta con la de un cliente y anda como loco por ahí buscando su chaqueta…

    -         Perdone que le interrumpa, su chaqueta… ¿no será como esta? – le pregunté mostrándole mi chaqueta.

    María se quedó de pie mirando como yo le mostraba la chaqueta al compañero del camarero mayor y amable, a partir de ahí me enteré que se llamaba Luis.

    -         Si… puede ser… le llamaré y le diré que venga hasta aquí.

     

    María se vuelve a sentar, parece interesada por lo que estaba pasando. Mientras tanto yo ya empezaba a pensar que el camarero estaba compinchado con el asiático y con María. Lo de las mafias asiáticas me estaba superando, pensaba irracionalmente, debía de estar toda la isla implicada.

    Debían de tener una gran red montada, no era para menos, el dinero que se movía con el turismo era demasiado y daba para mucha gente.

    A lo mejor es que todos dependían de un gran capo, eran todos sus plebeyos, todos tenían miedo del “Capo”. ¿Seré yo el que desenmascare la trama? ¿Si ella fuese el premio? ¿Tendré tanto valor? ¿Porque no…?

     

    -         ¡Eh!, ¡vuelve! – me reprochó María, sacándome de mis pensamientos

    -         Si, si, bueno, pues entonces…- yo ya no sabía que hacer, si marcharme antes de que el camarero Luis viniese, si decirle donde tenía la cinta, la verdad es que aún eran las 22:20 horas, no podía irme, casi dos horas para coger el barco, me encontrarían fijo y se desharían de mi- …esperaremos a que venga Luis, ¿tomas algo…¿María??

    -         Si, un Rioja. Mira que ya se yo de donde sacaste la cinta

    -         Si a mi tráigame otra cerveza, fría por… ¿Si? ¿De donde?

    -         Pues muy sencillo, se la dejé a la hija de Luis, y el seguro que la tenía él en su chaqueta par devolvérmela.

    -         Ah, si…- era lista esta María, como sabía darle la vuelta a la tortilla, que rapidez mental, esta gente de la mafia, como es…- y la hija de Luis la ¿tenía…?

    -         Pero no te fijaste en la cinta, ¿Qué era?, ¿no era mi tatuaje?

    -         Si, algún tipo de escudo de la mafia asiática para la que trabajas, y seguro que la hija de Luis y el tal Luis también…

    -         Pero mira, con lo bueno que estas y lo tonto que eres. Déjate de milongas y mafias, le dejé esa cinta a la hija de Luis porque ella quería hacerse un tatuaje parecido y quería la imagen del mío para enseñárselo al tatuador.

     

    ¿Que era lo que me estaba diciendo? ¿Me acababa de decir que estaba bueno? Yo ya no sabía que pensar, estaba hecho un lío, la chica no estaba nada mal, que coño, estaba de muerte, y parecía que yo le gustaba, así que decidí dejar zanjado el asunto.

     

    -         A ver, que yo me entere, ¿no perteneces a la mafia asiática?

    -         Pero que mafia asiática, ni que ocho cuartos…

    -         Entonces porqué un asiático que estaba en la tienda sale corriendo choca conmigo y a la tarde aparece el otro muerto

    -         No tengo ni idea, yo apenas conozco a esa gente, ellos van a lo suyo, no se relacionan con los isleños.

     

    En ese momento llega el camarero amable y que se llamaba Luis, se disculpa con María, el no sabía que era lo que tenía la cinta y el hombre llevaba todo el día buscándome para decirme que se había equivocado de chaqueta, que él tenía una igual, cosas de las rebajas, y que cuando yo me fui al mediodía me la había dado equivocada. Disculpándose, me preguntó en que hotel me hospedaba, yo le comenté que en el Ciberhotel, se lo suponía ya que en ese es el único que no tiene recepcionista y no puede preguntar por los huéspedes. Supongo que una forma más de guardar la intimidad.

     

    Luis se sumó a nuestra charla y se le invitó a una cerveza, el hombre parecía cansado. Poco a poco fuimos deshaciendo el entuerto, más bien fui yo desheredando mis neuronas, ya que era el único que las tenía liadas. Luis llegó a comentar que el asiático había sido robado y por eso recriminaba a su compatriota, al salir a la carrera detrás de él, luego se encontró indispuesto y parece que le dio un paro cardíaco. La verdad es que a mí me daba exactamente igual, yo era feliz con mi cerveza y viendo la sonrisa de María. Al cabo de un rato Luis se incorporó a su puesto de trabajo, nos atendió el durante toda la cena, luego nos fuimos a tomar unas copas a un local de country. La verdad yo aún no había olvidado lo ocurrido pero me lo estaba pasando tan bien que eso me distraía, parecía que poco a poco me iba relajando. El barco perdido y yo sin habitación, la maleta la tenía en la consigna, no tenía prisa por ir a buscarla, la noche se hacía mañana y la última en su apartamento. La verdad es que no podía pedir más, con esa mujer a mi lado…Hacemos el amor en lo poco que queda de noche y parte del amanecer. Las tres de la tarde y a mi ya los chinos me daban igual, todo el estrés se había quedado en la noche, en el pub, en la cama. Ya podían aparecer tres millones de chinos que la sonrisa que tenía en la cara no me la quitaba ni Dios.

    Al final pasé los dos días que me quedaban con ella, ya que no tenía hotel. Ella decía que había conocido a tipos raros, pero tanto como yo nunca, que la imaginación que tenía se parecía a la de un niño, ahora bien,  en la cama no me trataba como a un niño, la verdad es que lo pasamos muy bien.

    Yo llegué a Madrid y no volví más a la isla, el viaje fue maravilloso, lo recuerdo como lo paranoico que puedo llegar a ser. Fue un poco complicado explicar a la gente el poco bronceado que traía, pero parece que coló que ir a correr a la Pradera de San Isidro me había dado ese colorcillo.

    Al paso de un mes recibo un mensaje en el móvil, era ella, que estaba en Madrid que había venido a ver a unos amigos, que si quería verla.

    Ya creo que quería verla. Nos vimos esas dos noches que estaba en Madrid. Estaba de paso, se iba a vivir a San Francisco, le habían ofrecido un trabajo muy bien pagado en una cadena de hoteles como relaciones públicas, decía que no lo podía dejar escapar, pero que a mí siempre me iba a llevar muy dentro.

    Eso que quería decir…estaba embarazada…me tenía mucho aprecio…lo dijo por como un cumplido…la duda crecía en mi.

  • EL VIAJE

    A la salida del trabajo no tenía ni idea de que era lo que iba a hacer esa tarde. Era una simple tarde más, era miércoles, era a primeros de junio, el verano dejaba ya ver sus intenciones y en la ciudad pocos eran ya los que iban de manga larga. Las jóvenes dejaban al descubierto sus piercings y los jóvenes dejaban al descubierto sus miradas lascivas.
    Salgo como siempre de mi oficina en un edificio del centro de la capital y me dirijo como siempre hacia la boca del metro. Dentro del metro, que quieren que les cuente, lo de siempre, caras largas, gente, caras de cansancio, más gente, cada uno a su aire y pensando en sus cosas, unos dormían, otros leían, gente, como tú y como yo, en su mundo, vuelven a la realidad cuando llega su parada. Mientras llega la mía empiezo a barajar la posibilidad de irme de viaje por unos días.
    No estaría nada mal - pienso- además podría irme a un sitio tranquilo a relajarme y a leer esos libros que me regalaron que aún tengo pendientes desde reyes. Podría esta misma tarde mirar en internet a ver que ofertas encuentro.
    De vuelta a la realidad, llega mi parada, Noviciado, como siempre salgo por la misma puerta, salida a la calle Pez, siempre me encuentro con el mismo vendedor ambulante con esos horrorosos calcetines de lana en la mano, intentando colocárselos a alguien, ¿no se dará cuenta que no se llevan? ¿No se dará cuenta que estamos en Junio?
    ¿Refrescar? ¿Que aún puede refrescar? - le decía el infatigable vendedor a un ingrato transeúnte-
    Algún día puede que refresque, pero alguien que se ponga eso en esta época...pocos, muy pocos - le contesté al cuello de mi camisa.
    Sigo camino. Mi casa está justo delante de una librería especializada en viajes, así que me paro delante del escaparate a ver si me viene alguna idea. Viendo las fotos, mapas, guías y demás cosas del mundo de la aventura me doy cuenta que hay un montón de sitios a donde ir y muchísimas cosas que hacer, pero no es mi caso, no tengo ni tanto ni tiempo y ni por supuesto tanto dinero. Así que me subo a mi casa y allí buscaré algo en internet que sea baratito y curiosito.

    Viernes. Siete de la mañana, mi cuerpo aún desperezándose se encuentra inmerso en una cola de facturación en el aeropuerto Madrid - Barajas. Pero antes de coger el vuelo que sale a las 08:00 AM tengo que hacer una llamada a mi oficina.

    - ¿Buenos días? ¿quien eres?

    Al otro lado del teléfono estaba mi jefe, el Sr. D. "Manías", evito su nombre para que no se pueda sentir ofendido si algún día lee esto. Después de cinco minutos de explicaciones cuelgo el teléfono, justo antes de que me tocara el turno para facturar. ¿La excusa? lo primero que se me vino a la cabeza. Que una antigua novia había tenido un hijo y que me reclamaba una prueba de paternidad, y como yo no quería que esto se supiera iba a realizármela antes de que me denunciara al juzgado, eso sí le apelé a la absoluta y total discreción de D. "Manías".

    Dos de la tarde después de un par de horas de retraso en el vuelo por fin llego a mi destino. El día era soleado y corría una brisa encantadora. Las azafatas del vuelo se quedaban mirando con cara de envidia el paisaje, ellas iban de vuelta a la capital.
    El mar estaba a los pies del aeropuerto y durante todo el camino en taxi hasta el hotel se veía el mar. El paisaje era totalmente desértico, salvo por algunas palmeras que flanqueaban la carretera lo demás era tierra árida, tierra volcánica.
    El hotel era nuevo, era una nueva concepción minimalista de hospedería. Recién inaugurado, no había mostradores en la recepción, todo era por medio de pantallas táctiles y tu mismo te tenías que hacer el registro. Cuando por fin termino de hacer el registro, ya que me había equivocado en unos pasos y tuve que volver a empezar un par de veces, me sale la tarjeta magnética y me dispongo a ir a mi habitación. Por internet había reservado una pequeña pero acogedora habitación con una pequeña terracita que dejaba ver una vista espectacular, un pequeño islote en el horizonte. De camino a la habitación me encontré a un hombre extraño, cuando vio que me dirigía en su dirección intentó esquivarme, pero como le fue imposible se puso a toser y con su mano se tapó medio rostro. ¿Me conocía? ¿Lo conocía yo? Sin darle más importancia al encuentro abro la puerta de mi habitación y efectivamente estaba todo como había visto en internet. Tonos color garbanzo, una cama pequeña, un discreto armario empotrado, una pequeña ventana a media altura por donde entraba la luz y lo mejor de todo el baño. El baño tenía un yacuzzi delante de un ventanal, al otro lado del ventanal la pequeña terraza con una hamaca de madera para tomar el sol o ver las estrellas. Las vistas eran las mismas que se veían desde la Web. Vamos tal y como estaba anunciado. Con el tiempo me enteré que cuando haces la reserva por la Web, las fotos que salen son las habitaciones originales, así siempre reservas directamente la habitación que quieres, pero eso es otra historia.
    Después de deshacer el equipaje no resistí la tentación de probar ese tremendo yacuzzi y desde ahí poder observar al paisaje, lo curioso es que los cristales de la terraza eran de estos que tu ves pero a ti no te ven (es que no se el nombre técnico).
    Eso era lo que realmente buscaba relajación y silencio. Paz y tranquilidad, era un buen momento para intentar acabar de escribir esa larga y vieja historia que había empezado hace ya muchos años. De pequeño mi abuelo me decía que un hombre para sentirse realizado tenía que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Lo primero, lo hice cuando iba a la escuela, como casi todo el mundo durante una excursión a una montaña celebrando el día del árbol. Lo segundo, se había empezado hace unos años, pero sea por falta de interés de la historia, por falta de tiempo y por falta de ganas se había quedado en el olvido, ahora era un buen momento para continuarla o empezar una nueva, ya que siempre me había gustado escribir. Lo tercero, por lo de ahora si no tenía pareja era casi imposible, aunque a mi jefe le hiciese ver lo contrario y gracias a eso aquí estoy. Pero bueno lo importante era poder disfrutar de esa soledad y ese "no se qué, que andaba buscando".
    Mientras disfrutaba de ese merecido y relajante baño, empiezo a organizar mentalmente mi estancia en la isla durante esos días. Un fin de semana no da para mucho, pero estaba dispuesto a disfrutar de ese tiempo, estaba dispuesto a disfrutar de ese viaje hasta el último segundo, me lo merecía, llevaba una mala racha sentimental, personal y laboral. Todo venía provocado por la falta de motivación laboral, al ver como no se apreciaba mi trabajo y todo eso influía en mi estado de ánimo. Desconectar de toda esa mierda era la mejor forma de intentar poner a cero el contador emocional que está dentro de mi cabeza.
    El baño me sentó de maravilla, el agua calentita, las burbujas, las vistas, todo era perfecto. Así que decido que para celebrarlo, que mejor que salir a tomar una cervecita en una terracita con algo para llenar mi ya vacío estómago, llevaba desde el aeropuerto sin probar bocado y ya me iba pidiendo algo sólido el cuerpo.
    El hotel era muy moderno estaba muy bien, pero tanta frialdad en la recepción era algo que no me esperaba, solo esas pantallas táctiles para registrarte, realmente era tranquilo, demasiado tranquilo, tan tranquilo que daba casi miedo quedarse en el hall mucho tiempo, ese espacio tan frío, tan grande, parecía un gran quirófano de hospital con esos focos en los altos techos, y ni tan solo una planta de decoración. En fin, ellos vendían tranquilidad y de eso si que había, demasiado.
    Salgo de mi hotel y enfrente de la entrada tengo un camino de guijarros que conduce hacia un mirador, el mirador está situado en una parte del paseo marítimo del pueblo, enfrente del mirador está el amplio Océano Atlántico, dejando ver en su horizonte la silueta de un islote, a la izquierda el paseo se dirige a varios hoteles, urbanizaciones y a la entrada de un parque natural, yo tomo camino a la derecha que es donde está el pueblo, y donde el paseo marítimo toma vida, lleno de tiendas, cafeterías, restaurantes y vendedores ambulantes.
    Me siento en la terraza de una cafetería y me pido una cerveza bien fría y unas papas con mojo. Me doy cuenta que aquí la actitud de la gente es totalmente distinta, aquí todo el mundo está olvidando sus problemas diarios, o eso parece, me encanta, hace que me olvide aún más de lo que he dejado atrás tan solo hace unas horas. Mientras disfruto de mi cervecita y mi tapita, me distraigo, como quien no quiere la cosa, viendo como la gente pasea, charla, disfrutan del lugar, la verdad es que es un lugar para disfrutar.
    Acabada mi cervecita y mi tapita le digo al camarero que me cobre y que me recomiende un sitio a donde ir. Me dice que si dispongo de vehículo y le digo que no, así que me dice que cualquiera de los locales del paseo marítimo está bien. Agradezco su consejo y mientras paseo voy observando los locales y cuales son sus especialidades. Para ser sinceros creo que en el que me tomé la cerveza era uno de los que mejor pinta tenía, pero por no volver a ir al mismo sitio, decido sentarme en otra terraza, esta un poco más descuidada en su mantenimiento, y espero que no por el servicio.
    Me atiende un señor mayor, de unos 55 años y dándome la bienvenida y agradeciéndome la elección del local me recomienda una serie de pescados de la zona que no duda en recitar en tono musical. Me decido por uno que parece que es bien rico que se llama “vieja”, y mientras espero tomando otra cerveza, observo como en la tienda de al lado un hombre de rasgos asiáticos discute apasionadamente con otra persona de su misma raza. No hace falta decir que no me entero de nada, pero lo que me sorprende es que es la primera vez que veo a una persona de esa comunidad discutir en público. En Madrid hay mucha comunidad asiática y son muy reservados, nunca levantan el tono de voz, al menos en público. De ahí mi sorpresa. La gente que pasaba por delante no prestaba mucha atención. La tienda era de fotografía digital y por lo que parecía algo tenía que ver con una cámara de video que este hombre portaba en su mano derecha, ya que no paraba de enseñársela a su compatriota y el reprochado se encogía de hombros y agachaba la cabeza como recibiendo sin discusión tremenda reprimenda en público.
    El camarero me trae un aperitivo mientras esperaba por el pescado y amablemente le pido otra cerveza, al mismo tiempo que le comento desinteresadamente el incidente de los asiáticos. Seria su contestación, “no preste atención, no merece la pena, no son de fiar, mejor que no los mire, no vaya a ser que se sientan ofendidos”. En realidad sólo el que estaba apesadumbrado sabía que lo estaba mirando, ya que el que estaba alterado estaba de espaldas y no podía verme. Por fin viene mi comida y me centro en ese pescado de color negro en la piel, pero delicioso en el paladar.
    Cuando hube terminado con la comida, me pido un café y comienzo a retomar la vista en el paseo, los asiáticos ya habían terminado su espectáculo y yo sin ver el final, la verdad es que tenía tanta hambre y estaba tan bueno que no me di cuenta de nada, solo tenía ojos para el plato.
    Me levanto, pago la cuenta dándole las gracias al amable camarero por el servicio y trato dado, y este amablemente me invita a volver cuando desee. La verdad es que no estuvo nada mal.
    Me dirijo hacia el hotel por el paseo, pensando en relajarme en la terraza mientras leo un poco y tomo el sol, cuando de repente me dan un empujón por la espalda y voy a dar contra el muro de un hotel, medio caído en el suelo levanto la mirada y veo como el asiático cabreado corre como un loco detrás del asiático que recibía la reprimenda. Amablemente un hombre rubio del norte me ayuda a incorporándome y en un inglés de vikingo me pregunta si estoy bien, le contesto en mi inglés castizo, que es peor que el suyo y le digo que sí. En la lejanía se ve como el perseguido se mete en un coche y sale a toda prisa, el asiático cabreado vuelve por sus pasos y con un cabreo de mil pares de narices, yo continuo camino a mi hotel y el asiático cabreado pasa a mi lado sin ni siquiera preguntarme si estoy bien, que falta de consideración, al menos los asiáticos de mi barrio en Madrid son más amables.
    Continuo mi camino hacia el hotel y me doy cuenta que me sale un poco de sangre de la mano izquierda, debido al roce con el muro de piedra, al que por gracia, el resto de mis huesos no tuvieron la suerte de probar su consistencia. Meto la mano en el bolsillo de la chaqueta y veo que dentro de esta tengo una cinta de video y no tenía ni idea de cómo había ido a parar allí. Con el pañuelo me limpio la sangre de la mano, y empiezo a pensar como había llegado esa cinta de cámara de video a mi bolsillo. Sin duda tuvo que ser en asiático asustado de su compatriota que en la huída encontró mi bolsillo como lugar seguro para su secreto.
    Dispuesto a guardar el secreto me dirijo al hotel, aunque porqué no decirlo, mi curiosidad paso a paso iba creciendo, iba medrando dentro de mí, así que antes de llegar al hotel decido dar marcha atrás y comprar una cámara de video para poder ver lo que tenía la cinta en cuestión. ¿Sería una infidelidad? ¿Sería un trapicheo de drogas?, así que en la tienda de unos simpáticos hindúes compré una cámara de video, sin muchas cualidades, aunque ellos querían endosarme un modelo recién llegado del país de las falsificaciones, a mí con que funcione y pudiese ver el contenido de la cinta me valía. Después de pagar 180 € por la cámara y 20€ más por un cable de conexión, me dirijo ahora sí a mi habitación. El remordimiento, de meterme donde nadie me llama, empezaba a aflorar en mis pensamientos, pero la curiosidad aún era mayor a mis remordimientos.
    Cerrada con seguro la puerta de la habitación, conecto la cámara a la televisión y pongo la cinta, después darle al play y esperar cinco minutos delante de un fondo negro, decido visionar la cinta a mayor velocidad, en una fracción de segundo hubo un cambio en la imagen, así que detenidamente, segundo a segundo busco marcha atrás ese cambio, y ahí estaba, sorprendentemente era un dibujo, una especie de dragón alado. No había nada más en la cinta, y eso que le revisé detenidamente otra vez.
    Un dragón alado. Mi rápida imaginación creo ya en décimas de segundo una historia…
    ¿“Era el símbolo de una mafia. Pobre asiático, quería destapar la conducta delictiva de ese grupo malvado de personas…”?
    Dormido, tumbado en la cama, mientras mi mente imaginaba la terrible situación del “asiático justiciero”. (CONTINUARÁ…)

  • Cosas que pasan

    No sé como, sólo sé que me he despertado a su lado. Mi pecho estaba contra su espalda, y mi mano derecha sobre su cintura. Poco a poco voy recuperando el sentido y comienzo a moverme. Ella responde contoneando su baja espalda sobre mí. Poco a poco se iba convirtiendo en un movimiento rítmico…

    Empiezo a recordar que aquella noche estaba en un garito de la Corredera Baja. ¿Mis ojos estaban embotados, o era el local sobrecargado?. Lo cierto es que la china se me cayó al suelo, debía de ser una señal, mi cabeza no podía soportar una calada más, pero mi cuerpo viciado no paraba de pedir más… ¿O era mi cabeza viciada y mi cuerpo embotado?

    Mis rodillas apoyadas en las baldosas del local y mis manos palpando entre los pies de la gente. La puta china no aparecía.

    Unas manos amigas se agachan y se preocupan por mi situación.

    La excusa de las lentillas no tenía ni pies ni cabeza, ella me insinuó que si la invitaba a unas caladas me ayudaba en mi búsqueda. En esas situaciones de desesperación cualquier ayuda es buena.

    La jodida china no aparecía, pero los dos en el suelo y entre la gente provocaba en mi un estado de absurdo eufórico que acabé levantando a mi voluntaria y agradeciéndole las intenciones, pero que la búsqueda había sido infructuosa.

    Ahí fue cuando vi realmente su cara, era más o menos de mi estatura, morena y de ¿ojos?... joder con tan poca luz no me acuerdo. Lo que sí recuerdo era su sonrisa, parecía provocada por algún tipo de sustancia poco legal.

    Empezamos a bailar una canción de Beck, lo recuerdo porque todas son iguales…

    ¿Un Cacique con cola? ¿O dos?

    Creo que fueron dos un par de caladas regaladas por la afición y una noche más…

    Ella se cambia de postura y se pone frente a mi, abro los ojos y era más preciosa de lo que recordaba, sería la luz, o las caladas o las copas, sé que estaba buena….joder…muy buena!!

    El movimiento empezaba a hacer sus frutos y mis genitales están a punto de estallar…

  • Después de tantos años...

    Después de tantos años de un lado para otro, aeropuertos, estaciones de autobuses, andenes fríos y solitarios de trenes con retraso, taxistas vehementes, azafatas escaparate y eso sí...."mu" buena gente, después de tantos años, todo se acaba.
    El cansancio ha llenado mi cuerpo de heridas, y mi mente de vacíos emocionales. El tiempo ha ido marcando todos esos años poco a poco, día a día... Nadie debería pasar por esa situación, pero al final todo se vuelve mejor.
    Espero que en la otra que vida que empieza sea mejor. ¿Por eso dicen lo de pasar a mejor vida?

    Será para algunos, yo sólo para mi espero que el tiempo me respete ya que hasta ahora era su sumiso siervo.

    Mañana será mejor....eso espero.

  • Un dulce sueño

    Las gotas de la lluvia resbalaban por el cristal. Al otro lado apenas se divisaba el magnolio que habían plantado hace ya 30 años.
    Una tarde más, sentada delante de la chimenea, empieza a recordar aquellos días en lo que todo era perfecto, en lo que todo parecía nada, en como habían convertido su vida en un suspiro. El sueño invadía sus recuerdos y así descansando empezó a soñar con volver a su lado

  • Una mañana más....

    Una mañana más. El cenicero aún tenía caliente la última colilla. Se marchó. Pero como siempre su olor permanecía en mi cuerpo. Un olor amargo como el Gin Tónic.

    Nunca pensé que me podría enganchar así. Aún no sabía que era lo que me gustaba de ella. Supongo que simplemente ella. Daba igual como fuera, daba igual que hiciera, simplemente quería tenerla para mí, para disfrutarla, para que me hiciera disfrutar.

    Las noches eran duras, se hacían interminables, que decir que sin ayuda no conseguiríamos al día siguiente ponernos nuestros disfraces de trabajo.

    Como cada mañana era el café el primero en acompañarme hasta mi mesa de trabajo. Allí las fotos de lo que no era, me sumergían día a día en el mundo gris de mi vida. Ese mundo real, que nos hace sufrir cada día.

    Como cada tarde, la ansiedad me hacía refugiarme en ella. Me tenía a su merced, como una marioneta.
    Un portal oscuro, la última esquina del Pub, la parte de atrás del coche.

    Todo pasaba tan rápido que la vida pasaba sin darnos cuenta. Aquellos días que pintaban bien, aprovechábamos la oportunidad como se nos brindaba, para luego todo volver a empezar.

    Maria no sabe que estova a acabar. Aquellos días pasaron. Estaba dispuesto a volver a empezar.
    Quería salir de ese gris que me acompañaba 12 horas al día, día a día. Necesito luz todo el día. Y la luz que encuentro a las noches no llegan a brillar como yo quiero.

    Mañana se lo diré. Mañana la dejaré. Mañana se acabará.

    Mientras tanto la abrazaré una noche más, sólo esta noche.

  • Sha la la...

    Esa mañana mi cara no podía despegarse de la almohada. La botella de Bourbon a los pies de la mesa de noche no era una buena señal. Vacía, como esa parte de mi vida, esa parte que todos los días acababa igual.
    No era fácil salir de aquel agujero, y menos teniendo una licorería a la vuelta de la esquina.
    Desde fuera todo parecía normal, yo salía de mi trabajo, parábamos en el bar al lado de la oficina y tomábamos unas cervezas. A la media hora cada mochuelo a su olivo. Yo cogía la línea 2 de metro y me bajaba en la parada que durante 6 años me veía de lunes a viernes a las ocho de la tarde.
    Bajaba la calle que llevaba a mi casa, y como siempre la gente apuraba las últimas compras, antes de que los comercios echaran las chapas.
    Yo llegaba a mi casa, dejaba la corbata colgada en el primer pomo que encontraba, le daba al play del discman y mientras me daba una ducha escuchaba un Sha la la….

    Un día más son las ocho de la mañana y después de media cafetera parece que vuelvo a ser el que todos conocen.
    La línea 2 de metro está llena de gente, como todas las mañanas cada uno va en su sitio.
    La chica rubia en el asiento del fondo a la derecha, el señor de la mochila verde de pie agarrando la barra o viceversa, porque cuando viene la curva en subida de cuatro caminos es difícil diferenciar quien sostiene a quien.
    Mi parada. Salimos en el orden establecido desde hace tres años que compartimos vagón y horario. El de la mochila siempre delante y yo pareciendo su sombra. Siempre manteniendo las distancias, los tres metros de distancia de seguridad los respeto y no intento adelantar. Un día lo intenté y me fue imposible, parecíamos dos atletas de marcha luchando por ser campeones en llegar a la vuelta de la esquina. Después de aquel ridículo tan mañanero no pienso volver a intentarlo, aunque al cabrito de él hay días que hace el amago de ir más lento a ver si yo entro al trapo, pero ni de coña, a esas horas no estoy yo para esfuerzos.
    La llegada a la oficina era como siempre, fría y silenciosa. La gente poco a poco iba apareciendo cual fantasmas entre tinieblas. Poco a poco las luces del edificio empezaban a iluminarse y todo volvía a ser como doce horas antes.
    Después de un cigarro en la terraza y un vaso de café sólo no queda más remedio que empezar a trabajar. La cabeza aún está preguntándose porqué le someto a esos excesos, me recuerda cada mañana que algún día se vengará, parece que a ella no le sienta muy bien el Sha la la….

    A las diez de la mañana recibo un mensaje de correo electrónico que dice lo siguiente:

    “Gracias por el trabajo desempeñado en esta empresa. Está despedido. Recoja sus cosas y mañana ya no se presente en su puesto de trabajo”.
    Firmado la dirección de Recursos Humanos

    Con un impersonal mensaje al mail me dicen que estoy despedido después de cinco años trabajando en esa empresa.
    Después de una hora de ardua discusión, más bien de desahogo delante de la cara del jefe de Recursos Humanos, abandono la empresa y ni siquiera recojo mis pertenencias. La verdad es que las cuatro cosas que tenía en mi oficina lo único que iban a provocar en mi era recordar a esos pedazo de hijos de puta desagradecidos.

    A las once y media de la mañana mi cuerpo sale a la calle sin trabajo y con un dolor de cabeza provocado por el Sha la la y la excitación del momento “parado”.

    Salgo del metro en la parada de Santo Domingo y sin un rumbo muy fijo empiezo a subir la calle hacia Callao.

    Sin saber muy bien ni porqué entro en la FNAC y observo como la sala de lectura a las doce de la mañana está abarrotada. Gente joven, maduros, jubilados, amas de casa, chicas en edad de merecer…y un “puto parado”. Decido coger un libro de los denominados auto-ayuda y me siento al lado de un hombre que parece que está más interesado en ver las piernas de una madura talluda que en leer el libro de Pérez – Reverte que tiene en las manos.

    La música que sonaba de fondo era de Cold Play, ¡Lo mejorcito que hay para levantar el ánimo! ¡Vamos no me jodas! Parecía como si me estuvieran dando golpes en la cabeza con un palo de béisbol. Entre la resaca, la excitación del despido y la voz amariconada de Chris Martin…
    ¡Dios!

    Decido irme de ese lugar llamado a la relajación. Provocaba en mi un desasosiego tal, casi superior a ver a la presidenta del Gobierno en el telediario. Que por cierto a la muy hija de puta ya le vale… estoy hasta las pelotas de que los políticos nos den lecciones de moralidad, lecciones sobre salud, lecciones sobre medio ambiente, a ver quien de una puta vez les da lecciones de honestidad y honradez, ¡que nos dejen vivir nuestra vida que no es poco y que ellos y sus circunstancias se vayan al carajo!

    Después de salir de la puerta de la FNAC maldiciendo a los políticos, vuelvo a la calle y vuelvo a cagarme en los políticos. ¿Por qué? Pues porque empezaba a llover y yo sin paraguas. Desde que esa mujer está de Presidenta del Gobierno en mi vida solo pasan desgracias.
    Ahora que recuerdo, el día que ganó las elecciones yo salía del Honky Tonk con una borrachera del quince, la rubia que iba a mi lado también iba bien colocadita, no se como carajo una pandilla de niñatos empezaron a zarandearnos gritando el nombre de la Presidenta, estaban celebrando su victoria, a rubia que me acompañaba dijo algo relativo a la madre de la Presidenta y de ahí me desperté en el Gregorio Marañón en un box de urgencias. Un policía muy amable me preguntaba que recordaba de esa noche, sinceramente, poco, recordaba muy poco, la rubia, los niñatos y poco más.
    La enfermera me dijo que tendría dolor muscular durante unos días y me dio unos calmantes. Eso con el Bourbon era mano de santo…
    A la rubia nunca más la volví a ver, pero a la cabrona de la Presidenta la tengo que aguantar todos los putos días y a todas putas horas en los medios de comunicación. Porqué no se dedicará a trabajar, en vez de andar de medio en medio como si fuera una folclórica venida a menos.

    Paseando por la calle Preciados me doy cuenta de que cada vez más gente intenta vender cosas. Te abordan constantemente ofreciéndote un sin fin de falsificaciones. Falsificaciones que por otra parte bien parecen Verificaciones, dado que a simple vista no se notan las diferencias.
    Una vez delante de la Puerta del Sol me dirijo a ver si aún sigue existiendo la placa que recordaba el Punto Cero de todas las carreteras nacionales.

    Otra vez en el hospital. Otra vez un policía viendo como recobro el sentido. No sé ni que a que día estamos y el cumplido oficial pretende que le diga si recuerdo algo del accidente.

    - Mire agente, no quiero ser descortés, pero por favor, no ve que estoy echo una puta mierda. Por favor, por favor, solo un poquito de tranquilidad…
    - ¿Por cierto agente? ¿Que ha pasado?

    El cabrón se encoge de hombros y sale cerrando la puerta. A los diez segundos, o quizás menos, o quizás más, suenan unos nudillos en la madera de la puerta. La puerta se abre y un ángel vestido de enfermera se dirige sonriente hacia mí. Lo de “ángel” no es porque su belleza, que carecía de ella, sino por la jeringuilla llenita de calmantes que empezó a poner en el gotero.
    Antes de volver a mi sueño, le pregunto a la enfermera si sabe como había llegado hasta allí. Ella entre risas, creo que me estaban haciendo efecto los calmantes porque yo no le veía la gracia, me cuenta que había sido atropellado por un taxista. El taxista estaba muy preocupado por mi estado y que cuando estuviera recuperado se acercaría a visitarme.
    Joder, atropellado por un taxista temerario, el cabrón debía de ir a toda hostia, a juicio del estado en que me encontraba.

    Han pasado quince días y me dan el alta.

    De nuevo en mi casa. El cabrón del taxista estaba tan arrepentido porque no tenía ni licencia, ni seguro. Así que venía de vez en cuando a convencerme que no lo denunciara, que tenía una familia que mantener y que iba a ser de él.
    Al final lo denuncié. Puestos a dar lástima mi vida está más jodida que la de él. Y yo no voy atropellando a ciudadanos con problemas por el mundo.

    Esta puta ciudad se está poniendo insoportable, inhumana e impersonal.

    Poco a poco me voy recuperando del accidente y decido emprender el amargo y largo camino por el mundo de la Seguridad Social. Mi intención era intentar conseguir una incapacidad.
    Los informes médicos, legales, decían que había perdido un 60% de movilidad en la pierna derecha, un 85% en un hombro y un 30% de oído. Vamos que el que me viera andar pensaría que era un “zombi” del Thriller de Michael Jackson.
    Yo creo que lo del oído ya lo tenía de estar tantas noches metido en garitos inmundos, lo raro es que no haya perdido nada de voz, porque había sitios donde ni a gritos conseguía uno comunicarse, eso sí, ¡siempre quedaba el sentido del tacto!

    Voy con mi carpetilla llena de papelotes, o bien llamados informes médicos, un carro lleno de paciencia y me pongo a hacer cola delante de la ventanilla de prestaciones de la oficina de la Seguridad Social de mi barrio. Después de más de una hora esperando mi ánimo aún estaba intacto ya que aquello era un ir y venir de gente con todo tipo de “taras”…la verdad me entretenía aquellos movimientos “migratorios” y porque no decirlo, había una tía en la mesa número 4 que me estaba poniendo a mil.
    Por desgracia a mi me tocó lidiar con un señor bajito, calvito y un poco regordete. Eso sí era un señor muy simpático, seguro que mucho más que la pedazo de diosa del olimpo que ocupaba la mesa 4. Pero me tenía que conformar con hablar con su compañero.
    Al final, después de tanto tiempo, me dan un número de teléfono para que pida cita para una revisión médica de capacitación. Otro número de teléfono era el que yo quería, pero que se le va hacer, “las diosas del olimpo” nunca fueron mi especialidad.
    Un día más perdido y un día menos para una incapacitación de la Seguridad Social, todo parecía que iba por buen camino.

    Me levanto de la siesta con una cantidad de positivismo neuronal elevado, muy elevado, así que con esa elevación me doy una ducha y escucho un Sha la la…

    Son las cuatro de la tarde. Parece que la noche anterior fue larga y dura. Menos mal que mi solicitud de incapacidad va lenta pero segura, o eso creo.
    Poco a poco vuelve a mi la cordura, y empiezo a recordar que la noche anterior había quedado con un tipo esta tarde a las seis, en la plaza de Cascorro.
    Recuerdo que me dijo que era el primo de Juan, el conserje de un edificio donde trabajaba antiguamente el primo de un antiguo compañero de trabajo. ¡Joder! El mundo es un pañuelo.
    Estaba totalmente decidido a no acudir a la cita, pero el susodicho individuo me manda un mensaje al móvil diciéndome que si aún estaba interesado en el asunto.
    La verdad es que poco recordaba yo de la conversación de la noche anterior, ¡joder! ¡No puedo beber!, se me va la pelota.
    Medio sin saber lo que me iba a encontrar ni a quien carajo tenía que buscar llego a la entrada de la plaza y me pongo en una esquina a observar el panorama.
    Por la espalda, pero sin traición, aparece el individuo, del cual no hace falta que diga que no recuerdo su nombre, con la “diosa del olimpo”. Joder que pequeño es el mundo.
    Nos vamos a una cafetería a tomar algo, y yo entre la resaca, el mal cuerpo y el número infinito de curvas que estaba recorriendo mi mente por el cuerpo de la diosa, me empezó todo a dar vueltas, y más vueltas, que pasó algo impropio de mi persona a esas horas. El individuo acabó con 20€ de mi cartera en sus manos para pagar los gastos de la tintorería, con lo cual tuvimos que aplazar la cita y la conversación para otra ocasión. Por supuesto la “diosa del olimpo” no se quedó conmigo, eso sólo pasa en las películas.

    Después de cinco meses de espera y unos cuantos Sha la las, mi situación poco ha variado, sigo cojo, medio sordo y algo torpe de manos, no obstante por lo demás, todo sigue igual. El individuo me ha zumbado 3000€ y estos no eran para tintorerías, eran para pagar los nuevos genitales de la “diosa del olimpo” ya que no era tanta “diosa”, más bien era un pedazo “dios griego”…
    La incapacidad está autorizada, solo falta que me ingresen el dinero en el banco, mi vida tiene que tomar un nuevo rumbo, porque ahora que no trabajo, todos los días son Sha la las… y esto no puede ser.
    Ayer pasé por delante de una agencia de viajes, entré un momento y después de que me despachara un muchacho muy simpático salí de allí cargado como una burra de catálogos de cruceros, spa´s, paradores, balnearios, clubes de gol, etc.…
    No tenía muy claro lo que iba a hacer con todo ese montón de catálogos, pero lo mínimo que podía hacer era ya que los tenía leerlos.
    Estaba pasando poco a poco las páginas, mientras en la puta televisión no ponían nada, cuando mi mirada se paró en la foto estupenda de una chica morena con las manos tapándose los senos que me miraba de forma un poco descarada para no conocernos de nada.
    Mañana mismo me presento en la agencia de viajes y compró un viaje a una playita tranquila a ver si encuentro a una chica como la de la foto.

    Pero no. De camino a la agencia de viajes me encuentro con una antigua “amiga”, mejor dicho, rollete de verano, de hace muchos veranos, de esos veranos en los que la tableta de chocolate aún no se había convertido en morcilla de Burgos.
    Como hacía tiempo que no la veía, y ella parecía que tenía predisposición nos fuimos a tomar un café, del café al colchón y ¿en el colchón?... “polvorón”.

    Mi vida no tiene sentido y creo que nunca lo tendrá. No sé como soy, no sé quien soy, no sé si realmente existo, sé que poco a poco va pasando el tiempo y yo sigo sumergido en mi Sha la la…

  • Gracias a un despiste...

    Seis de la mañana, suena el despertador. Como un día más, medio adormilada, mi cuerpo se introduce en la ducha, el resultado hoy es parecido al de todos los días. Una cara de sueño con esos pelos que se dejan caer delante de mi mirada.
    Estoy ya algo cansada de ver siempre esos rizos aleatorios delante de mi cara.
    Después de un breve desayuno, el tiempo aprieta, me dirijo al garaje a coger el coche para ir a mi trabajo. Salgo por la inclinada rampa que conduce a la realidad y comienza ese peregrinar multitudinario de gente. Gente que viaja con cuatro lucecitas puestas, dos delante y dos detrás de color rojo, por lo intempestivo de la hora.
    Paradas en los semáforos, retenciones a la entrada de la SE-30. Rutina
    La verdad es que todas las mañanas son iguales, son las mismas, a los lados de la autopista el sol empieza a iluminar los campos de algodón.
    Las últimas luces artificiales se apagan y dejan paso a la natural.
    Mis pensamientos como todos los días están perdidos en cual será la próxima historia que voy a escribir. Hasta que delante de mí un camión aminora la marcha sin motivo aparente, pongo el intermitente y…

    Cinco de la tarde, han pasado dos días, abro los ojos y me rodean un montón de cables y monitores. Sin duda estoy en el hospital. No hace falta ser muy lista para darse cuenta de eso. Intento mover mi cuerpo y me duele, poco, pero me duele. Noto las piernas, las manos, los dedos, vamos que lo noto todo.
    Empiezo a pensar en lo que pasó para situarme en esta nueva situación. Joder, como hecho de menos el “puto” móvil.
    Miro hacia la derecha y veo una ventana, detrás de la cual están mis padres y hermanos, haciendo gestos, señales…joder que ridículo están haciendo, les levanto el pulgar como diciendo que todo está bien, y pienso en lo ridículo de mi, lisiada entera y diciendo que todo va bien, si sólo con verme seguro que doy pena…

    Seis de la mañana, después de un año y nueve días vuelvo a la rutina. Salgo de la ducha, limpio el vaho que hay en el espejo y veo la misma cara que veía antes del accidente, sólo una pequeña cicatriz en la ceja derecha, que hasta me realza ese aire underground que poseo.
    Desayuno con un poco más de tranquilidad de cómo lo hacía antes, y después de bajar al garaje allí está, el coche. A simple vista está como siempre, me contaron que no valía para nada, pero yo quería ese coche.
    La SE-30 sigue con el mismo tráfico. Los campos de algodón…
    Los campos de algodón serán otro día. A la altura de la Avenida de las Palmeras me salgo de la SE-30 me voy al centro de Sevilla, a disfrutar de la ciudad.
    Son las seis de la tarde y vuelvo a casa, me siento en el coche y me miro al retrovisor.
    Joder que guapa estoy. Mis rizos se quedaron en el suelo de la peluquería, los he cambiado por un tono cereza y destellos azules. Pelo corto, ¡que cómodo!
    Y mañana si tal me voy al trabajo, hoy necesitaba ser realmente yo, ser aquella chica que casi se queda dentro de mí en la carretera por culpa de un despiste.

  • TAMBORES

    Tambores
    "TAMBORES"Oleo sobre lienzo

    TAMBORES

    Tambores que suenan, sonido que en tiempos era de alegría, tambores utilizados en celebraciones, melodías alegres que una vez llegan a la costa se transforman en campanas, campanas como las de Rosalía.
    Sonido que se pierde en el océano, a la costa llega alguna nota de desesperación, como un mensaje dentro de una botella, al que por desgracia no damos contestación.
    Mientras tanto la vida sigue, planificamos el futuro y no tenemos en cuenta esos tambores de auxilio.
    Esos tambores en su tierra sonarían a felicidad, a vitalidad, y una vez que salen de su casa, de su gente, toda esa desesperación por seguir en este mundo, con toda esa voluntad, convierten su sonido en un canto desesperado que apenas se hace escuchar.
    Tambores que suenan, tambores que lloran y que solo quieren algún día volver a bailar.

    CHUPETES DE COLORES

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  • EN EL PUEBLO

    Pueblo

    "PUEBLO" (Acuarela)

    EN EL PUEBLO

    María era la que siempre llevaba la leche de puerta en puerta. Posiblemente era la persona que más veces pasaba por delante de la plaza del pueblo. Era un elemento más de ese paisaje rural que día a día formaba una nueva imagen en la retina de la peña de petanca.
    - Hola María, buenos días
    - A los buenos días nos de Dios, señores….

    Esas era el diálogo pactado. Era un pacto ficticio, un pacto que nadie nunca había violado.
    María vivía unos cuantos kilómetros del pueblo. Vivía con sus padres en una granja, con gallinas, algunas cabras, y un par de buenas vacas lecheras. Todas las mañanas su padre la dejaba en la plaza del pueblo, “el mil leches”, mote puesto por la peña de la petanca, ya que aparte de vender leche, tenía fama de muy mala uva. María descargaba todas las lecheras de la furgoneta e iba poco a poco haciendo su reparto de casa en casa. Mientras tanto su padre se encargaba de hacer el reparto más lejano.
    María era una chica joven y guapa, una buena moza, algo tímida y con un gran problema, su padre. Eran ya pocos los chicos que quedaban en el pueblo, casi todos se tuvieron que ir a las Américas a buscar trabajo, y los pocos que quedaban trabajaban en la tierra como agricultores.
    Todos desearían tener una novia como María.
    Pero especialmente un joven cartero, que como ella pasaba delante de la plaza y siempre la miraba fijamente esperando que ella respondiera con una mirada, el tan solo esperaba una mirada, pero nunca la recibía.
    Los ancianos de la peña de petanca, cada mañana, eran testigos mudos de esas miradas de acercamiento lanzadas por el cartero, pero como todos los días, el pobre mensajero se iba de la plaza continuando su reparto cabizbajo y sin esperanza.
    Pasaba el tiempo, pasaron cerca de cuatro años y día a día se repetía la misma historia y casi siempre a la misma hora, salvo eso sí, los domingos.
    María acudía cada domingo con su padre y su madre a misa, se sentaba en el último banco de la fila derecha y siempre estaba escoltada por sus progenitores. Nada más acabar la misa, eran los primeros en salir, y aún así, siempre había algún galán que le daba los buenos días, ante la mirada amenazadora de su padre.
    Pasaban los días y María como buena hija asumía las órdenes de sus progenitores y en particular las de su padre.

    ¿Qué pasará por su cabeza? ¿Cuanto tiempo esto seguirá así?

    Chupetes de colores

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