(CONTINUACIÓN)
Despierto a la hora y media y decido desentenderme de toda esa locura de mafias. Así que decido ir en busca del “asiático justiciero” y devolverle la cinta de la forma más sigilosa posible. No estaba dispuesto a fastidiar mis días de relajación por una historia que ni me iba ni me venía.
Llego delante de la tienda de los asiáticos y estaba la policía. Un tumulto de personas delante, intento hacerme paso y veo que el asiático cabreado estaba tirado en el suelo encima de un charco de sangre, mi pregunta al policía era obvia, pero no sé porque salió de mi boca un “¿Qué ha pasado señor agente?” Sin responder a mi necia pregunta, me indicó que me retirara que estaba en el escenario de un crimen. Lentamente me fui apartando y desde la distancia observaba como una ambulancia se llevaba la camilla tapada con el asiático cabreado en ella.
Cabizbajo y sin rumbo comienzo a andar por el paseo marítimo, la gente disfrutaba de la fabulosa tarde sentados en las terrazas tomando los rayos de sol. Y yo con los pensamientos turbados decido sentarme en una terraza mas apartada que tenía una música relajante. Eso es lo que necesitaba relajarme, le pido a la camarera un cacique con cola y mientras mi mano en el, bolsillo del pantalón agarraba con fuerza la dichosa cinta de video.
Me sirve el cubata y tomando el primer trago comienzo a barajar la posibilidad de deshacerme de la cinta, esto estaba demasiado liado, como para que un administrativo de la capital metiera sus narices en asuntos turbios.
Así que me cambio de mesa y me siento en una justo al lado de la barandilla que separa el paseo del mar. Solo tenía que lanzar a poco más de medio metro la cinta y esta caería en el mar. Ahora bien, empezaba a pensar en el “asiático justiciero” que pasaría si venía a recuperar la cinta, ¿sería él el que mató al “asiático cabreado”? Si no le doy la cinta, me matará a mi también…Mi cabeza era un auténtico lío, no sabía muy bien que hacer, menudo primer día de mi viaje de relax, si lo llego a saber me quedo en Madrid, así que mientras pensaba en que iba ha hacer, miraba como la camarera iba de mesa en mesa atendiendo la terraza, moviendo sus espectaculares curvas y luciendo su palmito, antes no había reparado en ella, poco a poco mi mente se estaba olvidando de todo el follón de los asiáticos, eso era bueno, así que decido pedirme otro cubata. El alcohol parecía que me hacía pensar con claridad. Lo tenía decidido tiraba la cinta al rubicón y cogía el primer avión que saliera para la capital. Mientras tanto veía el culo de la camarera de un lado a otro de la terraza, y porqué no decirlo, me gustaba, la verdad es que en otras circunstancias, y con unos días por delante ya se podía dar por follada.
De repente mientras mis ojos no se despegaban de su culo, mi mirada sube a su espalda y en ella encuentra un tatuaje. Desde la distancia no podía ver con claridad de que se trataba, así que le dije que se acercara con las excusa de que me trajera la cuenta y mientras se alejaba lo pude ver con claridad. No había duda era el dragón alado. El mismo dibujo que había en la cinta de video. Otra vez todos mis planes al carajo. Que iba ha hacer. Parecía que cuando decidía desentenderme de toda esa mierda de los asiáticos pasaba algo que me hacía continuar en la historia.
Sin pensármelo dos veces la sigo hasta la barra y le pido que me acompañe un segundo hasta la entrada de los servicios, ya que estaba un poco apartada y así poder hablar con ella sin levantar sospechas. Ella sin reparo ninguno me respondió que quien me creía que era, que lo que buscaba lo podría encontrar en la barra americana que había a doscientos metros más adelante, que me había confundido de sitio y de persona.
Intenté explicarme pero no me dio tiempo, ella siguió atendiendo a las mesas de la terraza y cuando volvió a la barra me vio allí y me dijo que como no me fuera que iba a llamar a la policía. Le contesté que a la que no interesaba llamar a la policía era a ella ya que yo sabía porque había muerto el asiático de la tienda de fotografía.
Mi farol había funcionado. Se paralizó y con un gesto me dijo que la siguiera. Nos fuimos fuera del local, y me preguntó que sabía. Yo intentando ocultar mi miedo le dije que un asiático había metido una cinta en el bolsillo de mi chaqueta este mediodía y que en la cinta había el mismo dibujo que tenía ella tatuado en la espalda. Después de escuchar atentamente mis temblorosos comentarios, me volvió a preguntar si sabía algo más. Solo dije que tenía la intención de devolver la cinta a quien yo creía que era su dueño y cuando llego a la tienda de fotografía me encuentro con el pastel montado.
Sin dudar me pidió que le entregase la cinta y que me apartara lo máximo posible de esa zona, que no hablara con nadie y que si podía desapareciera de inmediato de la isla. Yo no accedí a la entrega de la cinta, diciéndole, que no la tenía encima, y quien era y si podía confiar en su palabra de que a mí no me iba a pasar nada. Con un gesto algo agresivo, que ahora que lo pienso me pone cachondo, me agarra del cuello de la camiseta y me dice que como no le entregue la puta cinta si que voy a empezar a preocuparme por mi seguridad. Sin arrugarme nada, le volví a repetir que no la tenía encima que si la quería tendría que ir a buscarla. Parece que se tranquilizó un poco y accedió a quedar cuando acabara el turno, ya que no quería levantar sospechas, para entregarle la cinta. No me parecía tan mala idea y accedía a quedar de esa forma, así que la emplacé a la terraza donde había comido esta mañana, ya que el señor mayor que me había atendido me daba tranquilidad. A ella no le gustaba la idea de quedar tan cerca y en público, pero yo no estaba dispuesto a arriesgarme lo más mínimo. En público y con testigos, por si acaso, cierto que delante de la tienda de fotos no era buena idea, pero tanta tensión no me dejaba pensar con facilidad. Así, emplazados para las diez de la noche, nos despedimos con un saludo frío y distante. Yo me dirigí entonces hacía la dirección contraria a la que debería tomar, mi cuerpo y mi mente ya estaban pensando en lo desvelar mi alojamiento, ya que en la dirección contraria estaba mi hotel y no quería desvelar mi cuartel general. Menuda forma más tonta de actuar, ahora que lo pienso, pero entre los nervios y el atractivo de la chica, estaba hecho un flan.
Después de dar un largo rodeo llego al hall del hotel y allí estaba otra vez aquel hombre extraño que a mi llegada esta mañana intentaba ocultarse. Reconocí su cara, pero en esos momentos no me daba cuenta quien era, como de nuevo no podía evitar cruzarse en mi camino volvió a toser y a ocultar su cara con su mano. Empecé a pensar que a lo mejor tenía algo que ver con la cinta, pero lo descarté rápidamente, lo conocía pero no me daba cuenta de que.
Sentado en la mesa de la terraza esperaba a que pasase el tiempo, aún me quedaban un par de horas hasta la cita, tenía que tener un plan, por si algo iba mal. Tenía la sensación que esta gente no se andaba con tonterías, así que tenía que pensar en una salida segura y rápida del local, y en una salida rápida y segura de la isla. Cojo la guía telefónica y me pongo manos a la obra, lo primero era ver a que hora había vuelo a la capital, y si tenían disponibilidad de plazas. En la centralita de Iberia me informan que vuelos directos a Madrid hasta mañana a primera hora de la mañana no había disponible ninguno, pero que tenía un Binter a las Palmas que salía a las 23:30 horas, de allí salía un vuelo a la Capital a las 01:00 horas con llegada a Madrid a las 04:30 horas. Rápidamente desecho esa opción ya que la cena era a las 22:00 y si todo iba bien, cosa que empezaba a creer que no, tendría que estar en el aeropuerto a las 23:00 como muy tarde, imposible, mi hotel estaba a 45 minutos en taxi del aeropuerto y os puedo decir que los taxistas no van mirando el paisaje vamos, o sea, que van lanzados. Un pequeño retraso y fracasaría mi plan de fuga de la isla. Entonces desde la terraza de mi habitación veo que llega un barco.
Delante de mí llegaba otra opción de escapada rápida. Vuelvo a utilizar la guía telefónica y llamo a la única empresa que realizaba servicio marítimo con la isla. A la telefonista la dejé aturdida, pero no era su culpa, ya que mi primera pregunta fue a que hora salía el primer barco para Madrid, después de una risa un poco fingida me dice que no me puede prestar ese servicio. Después de aclarar el mal entendido, reservo un billete para el barco que sale a las 00:10 a Fuerteventura. Era otra isla pero en ese momento creía que era mejor estar enfrente que allí.
Sin darme cuenta eran ya las 21:30 horas, así que decido darme una ducha rápida, hacer de nuevo mi maleta, y mal decir el día que se me ocurrió venir a relajarme. Estaba a punto de un colapso mental. Mis nervios estaban a flor de piel.
Me suena el teléfono móvil y era un compañero de trabajo, casi me da un infarto cuando oí el timbre desde la ducha, ese momento de relajación truncado por el pelota de turno que solo quería saber si necesitaba algo y que se había enterado de lo de la prueba de paternidad, y que el tenía un familiar abogado que…No era mal chaval, pero un poco pesado, no tenía amigos y yo era el único que por educación no le mandaba a paseo, aunque todo llegaría, estaba convencido.
21.50 horas. Salgo del hotel, entrego en las máquinas de recepción la llave de mi habitación y cancelo las dos noches que me quedaban, pierdo 650€ de la reserva, así que con menos dinero y con un cague encima de tres pares de narices, dejo en un casillero consigna mi maleta. Salgo del hotel y con más cague que antes desciendo el camino que lleva al mirador y este a su vez al paseo marítimo, la gente era ajena a mis temblores, era ajena a mi miedo, la gente no lo percibía, pero yo lo tenía, no eran imaginaciones mías, paso a paso me iba acercando al lugar de encuentro y a cada paso que daba un temblor sacudía mis piernas, subía hasta el estómago y ahí se aferraba más y más fuerte.
Llego delante de la terraza donde esta mañana había comido y veo s nombre, “Restaurante Marino Pescados Frescos del Día Parrillada”. Esta mañana ni me había fijado en el nombre. Se llamaba Marino, como mi abuelo, mira que bien. Era una escapatoria que creaba mi mente para sentirme más seguro como en casa. En realidad mi abuelo se llamaba Mariano, pero con los nervios ni leía o recordaba con claridad. Observo que hay una mesa en una esquina, a las espalda solo estaría la pared, así que me siento en ella, así si pasa algo puedo escapar por el lateral derecho según vemos la terraza, y con la pared del ver como guardaespaldas.
Tomo asiento y me viene a atender otro camarero distinto al de esta mañana. Le pido una cerveza fría pero sin alcohol, tenía que estar despierto y con reflejos para lo que pudiera pasar, a su vez le pregunto también por el señor que me había atendido esta mañana, me contestó que se encontraba indispuesto y que no vendría esa noche, educadamente le desee que se recuperase lo más pronto posible.
Esperaba impaciente y con los ojos bien abiertos la llegada de la chica del tatuaje mientras estiraba la cerveza sin alcohol. No parecía que viniese por ningún lado. Así que para no perder la costumbre mi mente empezó, de nuevo, a pensar que le podría haber pasado. Lo más normal es que su compañera de trabajo llegase tarde porque no tenía con quien dejar a los niños, ¿si tenía niños?, la compañera digo. O que estaba vigilándome desde un sitio secreto y cuando yo me canse de esperar me asaltarán, ella y su novio asiático, me maniatarán y me llevarán a un descampado, o zona despoblada ya que campo no hay mucho, donde me torturarán por entrometido y luego me dejarán medio moribundo para que los lagartos del lugar y las aves carroñeras me devoren, así mi sufrimiento será mayor, y para ellos aún sería poco.
Llevaba ya dos cervezas, la segunda con alcohol, si lo sé, dije que tenía que estar despierto y con los reflejos en guardia, pero empecé a somatizar todos los maltratos de la tortura y necesitaba algo con alcohol para mitigar tanto dolor, cuando de pronto aparece la chica del tatuaje, realmente despampanante. Seguro que era una artimaña para que me fijase en su escultural cuerpo, en sus bronceadas piernas, en su espectacular cadera, y así engatusarme y embaucarme y caer en sus redes de mujer y…
- Hola, puedo sentarme – dijo ella
Yo aún estaba obnubilado con su cuerpo y no prestaba atención a que la tenía justo delante de mí
- O, si, perdona, estaba pensando en…siéntate por favor.
Los nervios empezaron a poseerme, dentro de mi empezaba a notar de nuevo esa sensación en el estómago, las piernas no las podía tener quietas, y aparecía un leve temblor en la mano que hasta ese momento desconocía.
- Bueno, pues ya está, aquí me tienes, ¿me darás la cinta? – dijo ella mientras se sentaba y ajustaba la silla a la mesa.
- Si, si pero antes tengo que asegurarme de que vienes sola…
- ¿Con quien tenía que venir?
- Bueno, una chica como tú, seguro que tiene algún secuaz que la proteja
- Mira tío, me pareces un tipo raro, ya me lo pareciste esta tarde en la terraza…solo dame mi cinta, y yo me largo
- No tan rápido, que garantía me darás, necesito una garantía de que no me pasará nada
- ¿Qué te va a pasar? Como te pases un pelo si que se lo que te va a pasar, me sé defender muy bien de tipos como tu.
- Verás, es que la cinta está en un lugar seguro, y no te diré donde está hasta que yo esté en un lugar seguro, fuera del alcance de la mafia esa asiática en la que estás metida.
- Mira tío… me largo, sino me quieres dar la cinta, pues vale, toda para ti, te la regalo, ya ves…que mafia asiática ni que ocho cuartos.
-
Mientras ella se levantaba llega el camarero
- Hola María, quieres que te ponga algo
- No Ramiro, ya me iba, por cierto, que haces tu en la terraza, eso no era cosa de Luis.
- Si, pero tubo un problema, confundió su chaqueta con la de un cliente y anda como loco por ahí buscando su chaqueta…
- Perdone que le interrumpa, su chaqueta… ¿no será como esta? – le pregunté mostrándole mi chaqueta.
María se quedó de pie mirando como yo le mostraba la chaqueta al compañero del camarero mayor y amable, a partir de ahí me enteré que se llamaba Luis.
- Si… puede ser… le llamaré y le diré que venga hasta aquí.
María se vuelve a sentar, parece interesada por lo que estaba pasando. Mientras tanto yo ya empezaba a pensar que el camarero estaba compinchado con el asiático y con María. Lo de las mafias asiáticas me estaba superando, pensaba irracionalmente, debía de estar toda la isla implicada.
Debían de tener una gran red montada, no era para menos, el dinero que se movía con el turismo era demasiado y daba para mucha gente.
A lo mejor es que todos dependían de un gran capo, eran todos sus plebeyos, todos tenían miedo del “Capo”. ¿Seré yo el que desenmascare la trama? ¿Si ella fuese el premio? ¿Tendré tanto valor? ¿Porque no…?
- ¡Eh!, ¡vuelve! – me reprochó María, sacándome de mis pensamientos
- Si, si, bueno, pues entonces…- yo ya no sabía que hacer, si marcharme antes de que el camarero Luis viniese, si decirle donde tenía la cinta, la verdad es que aún eran las 22:20 horas, no podía irme, casi dos horas para coger el barco, me encontrarían fijo y se desharían de mi- …esperaremos a que venga Luis, ¿tomas algo…¿María??
- Si, un Rioja. Mira que ya se yo de donde sacaste la cinta
- Si a mi tráigame otra cerveza, fría por… ¿Si? ¿De donde?
- Pues muy sencillo, se la dejé a la hija de Luis, y el seguro que la tenía él en su chaqueta par devolvérmela.
- Ah, si…- era lista esta María, como sabía darle la vuelta a la tortilla, que rapidez mental, esta gente de la mafia, como es…- y la hija de Luis la ¿tenía…?
- Pero no te fijaste en la cinta, ¿Qué era?, ¿no era mi tatuaje?
- Si, algún tipo de escudo de la mafia asiática para la que trabajas, y seguro que la hija de Luis y el tal Luis también…
- Pero mira, con lo bueno que estas y lo tonto que eres. Déjate de milongas y mafias, le dejé esa cinta a la hija de Luis porque ella quería hacerse un tatuaje parecido y quería la imagen del mío para enseñárselo al tatuador.
¿Que era lo que me estaba diciendo? ¿Me acababa de decir que estaba bueno? Yo ya no sabía que pensar, estaba hecho un lío, la chica no estaba nada mal, que coño, estaba de muerte, y parecía que yo le gustaba, así que decidí dejar zanjado el asunto.
- A ver, que yo me entere, ¿no perteneces a la mafia asiática?
- Pero que mafia asiática, ni que ocho cuartos…
- Entonces porqué un asiático que estaba en la tienda sale corriendo choca conmigo y a la tarde aparece el otro muerto
- No tengo ni idea, yo apenas conozco a esa gente, ellos van a lo suyo, no se relacionan con los isleños.
En ese momento llega el camarero amable y que se llamaba Luis, se disculpa con María, el no sabía que era lo que tenía la cinta y el hombre llevaba todo el día buscándome para decirme que se había equivocado de chaqueta, que él tenía una igual, cosas de las rebajas, y que cuando yo me fui al mediodía me la había dado equivocada. Disculpándose, me preguntó en que hotel me hospedaba, yo le comenté que en el Ciberhotel, se lo suponía ya que en ese es el único que no tiene recepcionista y no puede preguntar por los huéspedes. Supongo que una forma más de guardar la intimidad.
Luis se sumó a nuestra charla y se le invitó a una cerveza, el hombre parecía cansado. Poco a poco fuimos deshaciendo el entuerto, más bien fui yo desheredando mis neuronas, ya que era el único que las tenía liadas. Luis llegó a comentar que el asiático había sido robado y por eso recriminaba a su compatriota, al salir a la carrera detrás de él, luego se encontró indispuesto y parece que le dio un paro cardíaco. La verdad es que a mí me daba exactamente igual, yo era feliz con mi cerveza y viendo la sonrisa de María. Al cabo de un rato Luis se incorporó a su puesto de trabajo, nos atendió el durante toda la cena, luego nos fuimos a tomar unas copas a un local de country. La verdad yo aún no había olvidado lo ocurrido pero me lo estaba pasando tan bien que eso me distraía, parecía que poco a poco me iba relajando. El barco perdido y yo sin habitación, la maleta la tenía en la consigna, no tenía prisa por ir a buscarla, la noche se hacía mañana y la última en su apartamento. La verdad es que no podía pedir más, con esa mujer a mi lado…Hacemos el amor en lo poco que queda de noche y parte del amanecer. Las tres de la tarde y a mi ya los chinos me daban igual, todo el estrés se había quedado en la noche, en el pub, en la cama. Ya podían aparecer tres millones de chinos que la sonrisa que tenía en la cara no me la quitaba ni Dios.
Al final pasé los dos días que me quedaban con ella, ya que no tenía hotel. Ella decía que había conocido a tipos raros, pero tanto como yo nunca, que la imaginación que tenía se parecía a la de un niño, ahora bien, en la cama no me trataba como a un niño, la verdad es que lo pasamos muy bien.
Yo llegué a Madrid y no volví más a la isla, el viaje fue maravilloso, lo recuerdo como lo paranoico que puedo llegar a ser. Fue un poco complicado explicar a la gente el poco bronceado que traía, pero parece que coló que ir a correr a la Pradera de San Isidro me había dado ese colorcillo.
Al paso de un mes recibo un mensaje en el móvil, era ella, que estaba en Madrid que había venido a ver a unos amigos, que si quería verla.
Ya creo que quería verla. Nos vimos esas dos noches que estaba en Madrid. Estaba de paso, se iba a vivir a San Francisco, le habían ofrecido un trabajo muy bien pagado en una cadena de hoteles como relaciones públicas, decía que no lo podía dejar escapar, pero que a mí siempre me iba a llevar muy dentro.
Eso que quería decir…estaba embarazada…me tenía mucho aprecio…lo dijo por como un cumplido…la duda crecía en mi.

